Hay personas que tienen el don de aparecer en el mejor momento. El don de la oportunidad. Ese es el caso de Pol, mi gran amigo Pol, el saxofonista.
Muchas veces he hablado de él, de cómo y dónde nos conocimos, de lo que su amistad y compañía significó para mí. En él me inspiré para comenzar a escribir el cuento del Titiritero en Compostela, aquel que luego terminó Carol. ¡Lo eché de menos tanto cuando me marché de Galiza! Él me hablaba de la Zaragoza que él conoció ya hace muchos años. Me llamaba para preguntarme por mis trabajos y mi ánimo. Pol, el de la voz profunda y gastada, el de la mirada penetrante y desafiante, el de la sonrisa pícara y desenfadada.
Pol me entendía. Nos sujetábamos al caminar. Nos entregábamos y complementábamos. El hombre que viajó a los lugares más variopintos, que hizo de su vida una novela de aventuras que entremezclaba los géneros más diversos. La novela negra, policíaca, de viajes, humorística, romántica… El hombre que huyó del destino que su familia había planeado para él. Abandonó el lujo y se fue a conocer el mundo y a vivir la vida, a conocer otros paisajes, otras bebidas, otras mujeres, otros idiomas. ¿Cuál era su profesión? Vividor. Y nunca se jubilará. Da igual que en otro tiempo haya sido cocinero en un barco (el Castiburón), que hubiese cortado árboles en Canada, que hiciese entrevistas para más de una revista, que fuese visitador médico, contrabandista o músico. Todo era circunstancial. Él era y es un vividor. De todas las personas que he conocido, la que más ama la vida, a la que más miedo da la muerte.
Y él me entendía. Nos entendíamos. Nos hicimos llorar en nuestro primer encuentro, para demostrarnos quiénes éramos. En aquella mesa diminuta del Miudo, mirándonos fijamente, bebiendo vino blanco, fumando sin parar, escuchando jazz. Habrá quien sólo lo vea como un viejo borracho, quién piense en él como un bohemio de los de antes. Para mí es Pol, mi amigo Pol, el saxofonista. El que hoy decidió coger el teléfono y marcar mi número. Estaba tocando el saxo en una plaza y quiso llamarme para decirme que se acuerda de mis ojos, que recuerda el día en que nos hicimos llorar. Dice que está jodido, que se irá pronto. Noto miedo en sus palabras. No ha dejado de beber y no creo que vaya a hacerlo ahora. Dice que va por libre.
Su voz ha perforado las líneas de mi memoria, he sentido la fría humedad gallega y me ha parecido notar el sabor del vino en mi garganta. A él también lo sacaron de Compostela, esa ciudad de la que a veces hay que huir antes de que alguien te arrebate de allí.
Aprendió a tocar el saxo en la cárcel de Carabanchel. Luego tocó con los Tamara y Pucho Boedo. Ahora es una plaza salmantina la que acoge al músico.
Sólo existes si te nombro. Si te nombro es porque en algún momento te he pensado. De qué modo y en qué términos, ese es otro tema. Hay preguntas que no están a la altura de sus respuestas y preguntas que no requieren de respuestas. Retórica, palabrería, manipulación, discursos: poder y control.
Hay personas a las que tengo que reconocer que no me apetece nombrar, ni mirar, ni pensar, ni responder. Pero a veces me sale la mala uva (la uva pasa) y las palabras se me agolpan en la garganta (curiosas e impredecibles son las direcciones que las palabras toman en nuestro cuerpo) queriendo dedicarte unas líneas.
Te estoy nombrando. Te estoy nominando. En esta tarde en la que podría estar en cualquier otro lugar y haciendo cualquier otra cosa, me siento para escribirte y liberar así mi garganta, un lugar en el que no mereces estar.
Lo que pienso sobre muchos otros, también lo pienso sobre ti. Te convierto hoy en chivo espiatorio de los que son como tú. ¿Te darás por aludido? ¿Alguien te contará que he escrito sobre ti? ¿Alguien se dará cuenta de cómo eres?
CRONOCENTRISMO y entono el mea culpa antes de empezar, porque yo, desde luego, no creo estar exenta de algún que otro –centrismo.
Dónde y cuándo estoy situada. Quién habla. Que no es lo mismo si escribo desde el norte o desde el sur, si soy hombre o mujer, si soy heterosexual o lesbiana, si de derechas o izquierdas, si escribo en mi lengua materna o en otra cualquiera. Estas palabras (como la mayor parte de las palabras) llevan implícitas ideas preconcebidas y estereotipos. Están cargadas de estigmas. No son neutras las palabras, no significan lo mismo para todas las personas. El concepto lesbiana significa no sólo una mujer que ama o desea (que puede amar y desear) a otra mujer. Para mí es una forma de vida, un método de sabotaje al patriarcado, una fuente de felicidad. Pero quizá para ti signifique la aberración y aquello que es contranatural (la naturaleza, adelanto, esta sobrevalorada y sobreinvocada). Así, el significado de cada palabra debería ser discutido en todo acto comunicativo, para saber de este modo con quién estamos hablando. La lesbiana es para algunas personas un término que designa una patología que debe ser tratada. Sí, todavía hay quien cree que se trata de una enfermedad. No te escandalices. Era así hasta hace más bien poco y el principio de autoridad funciona cuando hablamos de medicina. Afortunadamente ahora y aquí estamos en la posesión de la verdad y estas cosas han sido aclaradas. Afortunadamente vivimos en un lugar y en un tiempo en el que tenemos la verdad sobre todo. Ya sabemos que la tierra es redonda (aunque achatada por los polos).
Hablamos muchas veces del androcentrismo o del eurocentrismo. Pocas veces hablamos del cronocentrismo, esa idea por la que damos por hecho estar, ahora, en posesión de la verdad. Sin embargo, no sólo la ciencia hace sus avances, también el pensamiento evoluciona. Nuestras certezas a veces sólo son opiniones. El discurso médico es sólo el discurso médico actual. Eliminaron la homosexualidad y el lesbianismo del DSM, pero allí permanece la transexualidad (que, por cierto, el artículo que la describe parece una gran broma de mal gusto) y a ese manual se van sumando muchas otras patologías.
Ya hace tiempo que me intereso por esta costumbre de patologizar cada vez más a los individuos.
Este verano me dio por leer algunos textos de la profesora y doctora Teresa Cabruja. Comencé después a leer Historia de la locura de Foucault. Ayer asistí a una conferencia sobre este pensador y consideré retomar mis humildes reflexiones sobre el asunto de la patología mental y el cronocentrismo. Sobre las palabras que crean realidades. Sobre los estigmas que acontecen a continuación.
No es que sea mi prioridad en la actualidad, pero no cejaré en mi empeño de criticar duramente la práctica psiquiátrica.
Escribía hace unos días sobre el opinador compulsivo (que todo sea dicho de paso, lo sigue siendo) y para justificar mis ideas y mi compromiso con este tema, aclararé que fue mi propia experiencia con la psiquiatría la que me llevó a reflexionar y opinar sobre el asunto. No estudié psiquiatría ni psicología. Mi acercamiento a este ámbito fue como paciente-cliente. ¡Tiemblen todos! ¡Están leyendo a una loca!
¡Tiemblen todos! ¡Están leyendo a una bruja!
¡Tiemblen todos! ¡Están leyendo a una histérica!
¡Tiemblen todos! ¡Están leyendo a una mujer!
El discurso psiquiátrico, a diferencia del discurso médico, lleva mucho tiempo en la calle. Algunas consecuencias: términos que designan supuestas enfermedades son usados para insultar. Esquizofrénico, loco, histérico, maniaco, paranoide… No escucharemos a nadie insultar con otros términos médicos como canceroso o cardiaco (ejemplos de Zafirian en Los jardineros de la locura). Por otra parte, la gente se ha hecho adicta a la patología mental. Se demandan más términos, se crean más trastornos y parece ser una espiral que no se detiene.
Algunas reflexiones me llamaron mucho la atención en la conferencia de ayer, impartida por el filósofo y especialista en Foucault, Miguel Morey. Por ejemplo, la incongruencia del concepto enfermedad mental. Humildemente y con pocos recursos rebatía yo a mi psiquiatra la conveniencia de hablar en términos absolutos sobre la cronicidad de ciertas patologías mentales. ¿Cómo podéis saberlo, afirmarlo con tanta contundencia? Con fundamento se razonaba ayer acerca de la imposibilidad de acercarse a la mente empíricamente para extraer datos reales-fiables-científicos que puedan ser susceptibles de estudio. La medicina se acercará al cuerpo, plenamente legitimada para ello. Pero, ¿no debería ser la filosofía la que se acercase a la mente, a la razón y a la “sin-razón”, al pensamiento y sus caminos?
“La gestión de las mutiplicidades humanas” me lleva a considerar el modo uniforme, gris y estricto que tiene la psiquiatría para intentar normativizar al individuo. No hay lugar para las diferencias y esto ocurre en otros muchos ámbitos de la vida. No es fácil ser el rarito o la rarita de turno. No gustan las personas que se hacen demasiadas preguntas, las que se replantean el orden establecido (que no natural) de las cosas. Se pretende espaciotemporalizar al individuo, prepararlo para ser normal, para ser trabajador y, sobre todo, consumidor. No gusta el comunismo ni gusta la anarquía. Y la psiquiatría sigue siendo un instrumento más en las manos del poder. Una forma de ejercer control, de reprender al diferente, de castigar al inadaptado. En su burbuja queda poco espacio para el discurso antipsiquiátrico de pensadores como el doctor Thomas Szasz.
En mi experiencia como paciente-cliente observé cómo mis preguntas –el hecho en sí de hacérmelas– sobre la vida y la existencia, sobre la sexualidad y el género servían para escribir en un informe que yo tenía una actitud inadaptada, que dudaba sobre cuestiones básicas y fundamentales sobre mi persona. Primero fueron las brujas, luego las histéricas, ahora es el trastorno límite de la personalidad. El malestar de género, el problema sin nombre de Betty Friedan (formulado en los años 60) sigue siendo patologizado. Sigue sin verse como un problema colectivo, como un malestar general.
Y a este círculo vicioso llegarán después los opinadores compulsivos, los que se erigen en conocedores de la realidad de las mujeres (?), para apoyar estas prácticas y afianzar los estigmas que acompañan a cada persona (da igual si hombre o mujer) que haya tenido algún tipo de contacto con la psiquiatría. El opinador compulsivo no es, desde luego, ningún tipo de pensador.
Quise en su día darles voz a muchas personas que fueron ingresadas en plantas de salud mental. Se les niega demasiadas veces el derecho a comunicarse y a existir (losopinadores compulsivos les incitan a querer ocultarse). Hablé con ellas y ellos, les escuché. Primero como una más, después como alguien que había pasado por allí. Me di cuenta con el tiempo que el discurso psiquiátrico había calado en ellas, ellos y en mí negativamente. Me prohibía a mí misma sentir, dudar, oscilar, tener un mal día. Me pusieron el uniforme de la normatividad y ahora quiero protestar. Quiero seguir hablando y opinando, criticando y cuestionando todos aquellos discursos rígidos que nos ponen un corsé demasiado ajustado, que no nos permiten exprimir la potencialidad de nuestro propio ser, experimentar con las posibilidades que la vida nos ofrece. La sin razón sólo puede ser entendida como oposición a una razón establecida y pre-dada, que nos antecede en el tiempo, que no hemos escogido. Decía Foucault que “nunca hay locura más que por referencia a una razón”. Más filosofía y menos psiquiatría, más lingüística y menos psiquiatría. Mentes más abiertas a la diferencia ajena y a nuestras propias diferencias. Menos miedo a lo desconocido y a quienes se expresan de un modo diferente. Quiero ser una mujer con inquietudes y dudas, con días buenos y malos, con más dudas que certezas, con más vida sana y menos pastillas para adormecer mis neuronas. Construiré yo mi vida del modo que más me convenza, sabiendo que puedo equivocarme en cualquier momento. No es necesario ser una artista para huir del estigma de la locura.
Y si tú, opinador compulsivo, consideras saber mucho sobre cualquier cosa que es ajena a ti, adelante, sigue opinando. Yo, personalmente, no tengo ninguna intención de darle demasiada importancia a tus palabras. Se las llevará el cierzo.
A veces. Sueñas algo que luego se hace realidad. Pides un favor y te lo hacen. Lanzas un deseo a tierra de nadie y vuelve a ti cumplido y amplificado con un efecto bumerán. No creo que sea asunto de astros pero las hay que nacieron con estrella.
Este mes, tal y como nos anunciaban desde Utopía, está siendo un mes propicio para la felicidad y las sonrisas.
Ya está en la calle el esperado poemario ("Al fondo del vaso") de mi gran amiga-artista Carol Bret. Tuve la ocasión y suerte de leerlo ya hace unas semanas y ahora, finalmente, podéis disfrutar de sus palabras y su saber hacer (arte) en el formato que a mí más me gusta, el papel. Os dejo un enlace para que le sigáis la pista y para que podáis pedirlo (yo, desde luego, os lo recomiendo entusiastamente).
Por otra parte, mi amigo Sergio Plou ha volado lejos. Abandonó Zaragoza temporalmente para ir de viaje a Nueva Zelanda y desde allí nos irá regalando su particular visión del lugar y sus gentes y costumbres. http://www.sergioplou.com/cronica.html
Ha tenido a bien cederme un espacio en su página para que una menda pueda tener un lugar más para escribir, opinar y compartir mis humildes ideas. Así que de aquí a diciembre no sólo existirá la Diacronía, sincrónicamente me encontraréis en el enlace que sigue.
Octubre en Zaragoza no es un mes como otro cualquiera. Yo personalmente no soy muy devota de estas fiestas, aunque en general, he de reconocer, que no soy devota. No es el caso de esta ciudad, eso seguro. Son mis cuartas fiestas aquí… Cada vez estás más asentada en Zaragoza, me decía Andrea el otro día. No te olvides de volver, me recordaba Teresa. Año tras año, en estas fechas, algo especial ocurre. En esta ocasión se trata, entre otras cosas, de las noches en Treziclo, el local de Towanda. Cada una con sus propias anécdotas y cada una diferente a la anterior (bienvenidas sean de nuevo las obviedades a mi vida). Una noche le mandé un mensaje intempestivo a Nadège, a la que me dio por echar de menos, de repente. Quizá porque fue con ella con la que llegué al colectivo a Compostela, o quizá porque son ya muchos años saliendo juntas a tomar unas cervezas. Sin más, la eché de menos y le mandé un mensaje. Ya nos echaremos unos bailes juntas, me contestó. Una se pasa al gintonic y no espera a llegar a Compostela para “bailar” alegremente. La última noche en Treziclo fue todavía más especial. Llegué acompañada de buenas amigas y gratamente comprobé que ya dentro veía caras conocidas y amables. Me dan la bienvenida desde la puerta, me saludan desde detrás de la barra y desde el fondo del local (que no es muy grande, pero que tiene un fondo como cualquier local) me lanzan una sonrisa. ¡Vaya!, pienso (pensamiento profundo donde los haya). Va llegando gente y me doy cuenta de que me encuentro cómoda. Presentaciones, dos besos, bla bla, encantada, je je, qué canción tan buena, otra cerveza… y comienza una particular danza social (que no baile) que me recuerda ligeramente a mis noches compostelanas en el Tarasca. Una llega acompañada y una se va dispersando y difuminando en la noche.
Octubre está siendo también un mes con pocos horarios y poco orden. Pero es un mes que poco a poco se va despidiendo para dar paso a noviembre. Cada vez se retrasa más el comienzo del curso académico. Imprimo un calendario para anotar todos los actos a los que quiero ir. Puede parecer exagerado, pero es que me lío y eso me lleva a comprar billetes de tren que luego tengo que devolver al comprobar fechas y acontecimientos. En fin. En breve comienza el segundo año del máster y estoy más entusiasmada que el pasado curso. Tengo ganas de reencontrarme con mis amigas-compañeras, de las cervecitas post-clase, de los debates en que nos damos cuenta de cuán diferentes podemos ser, de los libros-descubrimiento y de las reflexiones que me harán pensar.
Pilar y yo llevamos tiempo diciendo que este va a ser un gran año. Lo sigo pensando, creo que será fructífero y amable. Con sus altos y bajos (recontraobviedad), sus días más grises y más coloridos, sus sorpresas inesperadas…, pero un buen año. Es mi deseo y es mi intuición, es la línea de ascenso que hace años comenzó a subir en la Escala Visual Analógica (EVA) que mide mi ánimo.
Exactamente el día en el que escucho a una amiga reflexionar sobre la belleza, sobre el contexto que rodea a quienes opinan, conjuntamente, que una obra es no sólo obra sino también arte… leo una noticia que me hace seguir pensando en estos asuntos. Ha muerto Mercedes Sosa. Sus canciones son consideradas por muchas y muchos como auténticas joyas, como piezas bellas y hermosas. Y aunque son siempre subjetivas nuestras opiniones y valoraciones de una canción, algo habrá para que tantísima gente considere que Mercedes Sosa era “la voz de América Latina”. Voces hay muchas, eso seguro, pero lo que es innegable es que ella llevaba más de medio siglo deleitando los sentidos de personas de aquí, de allí y de algún otro país.
Viene a mi memoria una larga carta que escribí a mi madre hace unos años. Le enviaba también desde Compostela un disco de Mercedes Sosa. A ella le encantó el disco y yo disfrutaba con el acierto de enviárselo.